Contenidos y descargas ¿Quién engaña a quién?

No se me alarmen porque este artículo no va de la discusión maniquea que libran a diario la industria de contenidos culturales y el resto de los mortales -estos últimos bajo la denominación bastante desafortunada de “internautas”- acerca de las descargas ilegales para unos y legales para otros.  Esto va de las copias sobre las que nadie discute, es decir, de las legales.

Cuando tú o yo compramos un libro, un CD, un vídeo o un juego para la consola pagamos un precio que, desde el punto de vista del análisis económico, se puede descomponer en dos partes: lo que cuesta el soporte (continente) y la cuantía establecida en concepto de pago por el acceso a la creación (derecho propiedad intelectual). Evidentemente, esta separación de costes no se hace explícita en el momento de la venta y, ello es así, porque de esa forma la “industria” se vacuna contra nuestro derecho a que si un día se nos raya el CD, se nos cae el libro al fregadero o el perro se traga el juego de la Play, podamos tener una nueva copia  pagando solo el coste del soporte.

En el caso de las ventas de contenidos en formato electrónico, el tramposo se ve obligado a mostrar sus cartas, incluída la que durante tantos años siempre supimos o sospechamos que  llevaba escondida en la manga. Como no hay costes de soporte debemos entender que el precio que pagamos se destina a retribuir los costes de producción de la obra, que ya se pagaban en el modelo de formatos físicos (libro, CD, DVD y lo que se tragó el perro) más los derechos de propiedad intelectual.

Hasta aquí todo bien si no fuera porque el precio del libro -con su cuarto de kilo de papel, su olor a tinta fresca y a la cola de la encuadernación-  es el mismo, euro arriba o abajo, que el mismo contenido en formato electrónico.

Y ya para acabar de rematarla va y nos sale un día el legislador concediéndonos el derecho de copia personal, por un pequeño importe en forma de canon digital. ¡Pa ciscarse, mire ustéd!

Es decir, que lo que en buena ley es un derecho del consumidor a recibir una copia por un original dañado, se convierte en un “hágase usted mismo la copia por si acaso, porque con estas cosas nunca se sabe… y ya puestos pague usted el soporte y deme algo para yo repartirlo entre los muchachos de la industria no sé muy bien en concepto de qué.”

Otro tema diferente pero relacionado con este es el de la obsolescencia de los formatos. ¿Os acordáis de cuando aparecieron los primeros CD’s y allí que nos lanzamos todos a reponer nuestros maltrechos títulos favoritos en soporte de vinilo? Lo justo es que nos hubieran cobrado un nuevo soporte (un euro) entregando a cambio nuestro “Wish you were here” de los Pink Floyd. A lo que íbamos, que cada cambio de formato lleva implícito un hacer caja de nuevo vendiendo la misma mercancía, lo que resulta particularmente evidente en el caso de los vídeos.

He prometido que no hablaría de las copias ilegales y he conseguido mantener mi promesa hasta el final y eso que a medida que le voy dando a las teclas la sangre se me va poniendo del mismo color de mi vetusta colección de vinilos.

Amigos, cuidaos de la “industria” y del legislador porque el mal nunca descansa.

Acerca de pacovelez

Soy ingeniero industrial, economista y licenciado en administración de empresas. Me gusta la arqueología industrial y entiendo la economía como un conjunto de conocimientos para promover el bienestar de las personas.
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